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miércoles, 22 de diciembre de 2010

Diario Inka circula en edición impresa y digital en Internet

DIARIO INKA:
Descargar en: http://issuu.com/rimactampu/docs/rimactampu.blopgspot.com?viewMode=magazine

Con la finalidad de contribuir a la construcción de un mundo mejor, de una sociedad más solidaria y justa, acaba de entrar en circulación el primer número del periódico "Diario Inka", vocero de la Unión Internacional de Ciudadanos.

El fundador de esta organización mundial, Humberto Huayhuas Quispe, declaró al blog Rimactampu que a través del Diario Inka se divulgará no solamente los fundamentos, metas y objetivos de la Unión Inernacional de Ciudadanos, sino también noticias y opiniones constructivas que sirvan para sensibilizar a la humanidad.

La primera edición del Diario Inka, fechada para enero de 2011, ya está circulando en edición impresa y al mismo tiempo en versión digital en Internet, la cual puede descargarse gratuitamente en todo el mundo.

Huayhuas, quien radica en Lima, hizo una invocación pública a los ciudadanos del Perú para unirse a esta gran causa global por un mundo mejor.


domingo, 12 de diciembre de 2010

"Quinientos años de fundación española de Anizo" de Marino Pacheco Álvarez

El profesor Marino Pacheco Álvarez no sólo hace un recuento histórico de Anizo, sino también rescata sus tradiciones culturales vivas, como por ejemplo las danzas típicas ayacuchanas.



Portada del libro "500 años de fundación española de Anizo" (Lima, Editorial Lazgrafic, 2005, 82 págs.) del profesor Marino Pacheco. Abajo, la contracarátula, donde se aprecia una reseña biográfica del autor.

Por: Nivardo Córdova Salinas (nivardo.cordova@gmail.com)
Anizo es una ciudad ubicada en el distrito de Coronel Castañeda, provincia de Parinacochas, departamento de Ayacucho, cuya fundación española fue hace 500 años, según revela el profesor Marino E. Pacheco Álvarez en su libro "500 años de fundación española de Anizo" (Lima, Editorial Lazgrafic, 2005, 82 págs.)
"Partiendo de la sentencia: ´Nadie ama lo que no conoce y nadie defiende lo que no siente´; los pueblos sin conciencia crítica y sin conocimiento de su pasado histórico son pueblos sin identidad y son fáciles de manipular. Por tales razones es deber de todo ciudadano de bien, brindar a las generaciones nuevas las mejores motivaciones y oportunidades para despertar en ellos la inquietud y curiosidad, para conocer el origen y vida social de su pueblo, así como fortalecer su conciencia crítica, su solidaridad, su cooperacion social y respeto a los valores morales", señala el autor en el prólogo.
El libro empieza con una visión geográfica de Anizo: su climatología, flora, fauna, hidrología y paisajes. En el segundo capítulo Pacheco hace un análisis detallado de los aspectos socioeconómicos del distrito de Coronel Castañeda en lo referente a población, movimientos migratorios, educación, ganadería, agricultura, ganadería, artesanía, minería, salud, las instituciones sociales, costumbres, fiestas típicas y una mirada a los anexos del distrito.
En el tercer capítulo se detalla el contexto histórico de Anizo, desde el período lítico, pre-incaico, de dominación Chanka-Inka, dominación española. Aquí Pacheco presenta un cuadro ilustrativo de las naciones de Parinacochas después de la conquista española, las reducciones del Virrey Toledo, encomiendas y corregimientos.
Mención especial merecen la Virgen de Copacabana, la historia de Willac-Ccahuac de Anizo, el período de Independencia y República, la rebelión de Túpac Amaru II y Parinacochas, la rebelión de 1814 y la participación de los parinacochanos; biografía del Coronel José María Castañeda y de Thomas Ybarguen; la vice-parroquia de Anizo como anexo de Pacapausa; historia de los límites del distrito de Coronel Castañeda y los años de subversión política en Parinacochas.
Marino Pacheco nació un 10 de septiembre de 1944. Sus padres fueron Don Mariano Pacheco Retamozo y doña Jesús Álvarez Ccerhuayo; hizo sus primeros estudios de primaria en su pueblo natal , estudios de primaria y secundaria en Lima y posteriormente obtuvo el grado de Licenciado en Educación en el área de Filosofía y Ciencias Sociales. Sirvió a la causa de la educación durante treinta años; fue director de los colegios nacionales "Rosa Alarco" y "Nuestra Señora del Carmen".

jueves, 9 de diciembre de 2010

Los poetas trágicos Chiclayo: Jelyl, Juan José Lora y Juan Ramírez Ruiz (*)


Poeta Juan Ramírez Ruiz, uno de los fundadores del Movimiento Hora Zero en 1970, 
del cual fue su principal teórico y representante. 

Poeta Juan José Lora Olivares (Chiclayo 1901 - Lima 1961), autor de “Con sabor a mamey”, “Diánidas” y “Lydia”. Considerado el poeta de la “chiclayaneidad”. (Foto: terraignea.blogspot.com)

Poeta José Eufemio Lora y Lora, JELYL (Chiclayo 1885 - París 1907), autor de “Anunciación”, su único libro, pues falleció atropellado en París. (Foto: terraignea.blogspot.com)

Juan Ramírez Ruiz, segundo de izquierda a derecha, en una foto familiar de su infancia en Chiclayo, su tierra natal. (Foto: filmbiologico.blogspot.com)
Por Nivardo Córdova Salinas (nivardo.cordova@gmail.com)
La poesía de Chiclayo ha trascendido las fronteras de nuestra tierra y vuela sobre el mundo. De la amplia lista de sus escritores hay una trilogía que destaca por la belleza de su obra y también por la tragedia de su vida: José Eufemio Lora y Lora, Juan José Lora Olivares y Juan Ramírez Ruiz. Este es un homenaje in memoriam.

Poeta contestatario, radical, marginal y underground, Juan Ramírez Ruiz nació el 27 de diciembre de 1946 en Chiclayo, fundó el movimiento literario Hora Zero en la década del setenta, publicó tres poemarios intensos, pero decidió vivir sus últimos días en las calle. El vate peruano lamentablemente murió atropellado por un ómnibus interprovincial el pasado 17 de junio de 2007 en la Panamericana Norte, entre las ciudades de Trujillo y Virú. No portaba documentos personales al momento del accidente, y como nadie se enteró de su muerte en ese momento, fue sepultado como NN(1).
Sin duda, la trascendencia nacional y universal de su obra poética, lo sitúa como una de los poetas emblemáticos del Perú. Pero ante todo, él sigue representando a su “patria chica”: Chiclayo. Su partida hacia la eternidad, no sólo cierra una trilogía de poetas emblemáticos nacidos durante el siglo XX en Chiclayo, sino que retrata con fidelidad la cultura poco conocida de esta peculiar urbe del norte peruano, tantas veces desdeñada por otras culturas “oficiales”.
De hecho JRR se vincula a la tradición literaria peruana, pero, es evidente su filiación emocional con otros poetas chiclayanos que lo precedieron: José Eufemio Lora y Lora (“Jelyl”) y Juan José Lora Olivares, poetas de intenso registro lírico y que de alguna manera tuvieron una existencia marcada por la tragedia.
Y queremos ser enfáticos en esto: no se trata aquí de alimentar una imagen del poeta como un “rebelde sin causa” o un extravagante, menos aún promover la idea de que para ser poeta hay que ser un marginal o un “poeta maldito”. El poeta nace y se forja de acuerdo a su circunstancia personal, pero la Historia demuestra que la mayoría de poetas en el Perú y el mundo tuvieron una vida de sufrimiento y martirio, como los peruanos (por no citar casos del extranjero) César Vallejo, Martín Adán, Luis Valle Goicochea, Juan Ojeda, Luis Hernández, María Emilia Cornejo, Javier Heraud, Josemari Recalde… Y no sólo eso: estos vates fueron seres de carne y hueso, con sus virtudes y defectos, pero dejaron poemas que hoy trascienden más allá de nuestras fronteras.
Juan Ramírez Ruiz, que en 1971 publicó un poemario fundacional titulado “Un par de vueltas por la realidad”, fue chiclayano y nunca dejó de serlo, aunque en el conjunto de su obra las citas geográficas sobre Lambayeque son pocas. Su vinculación con Chiclayo la podemos rastrear en los poetas que lo precedieron.
Leídos en perspectiva, los poemarios “Anunciación” (París, Garnier Hermanos, 1908) de José Eufemio Lora y Lora (Chiclayo 1885–París 1907) y “Con sabor a mamey” (1962) de Juan José Lora Olivares (Chiclayo 1901– Lima,1961), son tributarios remotos de “Un par de vueltas por la realidad” (1971) -“libro de culto en el Perú, que no ha vuelto a ser reeditado ni en su país ni en el extranjero”, según se lee en wikipedia.com-, así como de “Vida perpetua” (1977) y “Las armas molidas” (1996), poemarios publicados en vida por JRR.
Sus destinos aciagos y melancólicos, son también una extraña y peruanísima coincidencia, que los enlaza con otros escritores mayores de nuestro parnaso como los poetas peruanos anteriormente citados y con el propio novelista José María Arguedas. Todos ellos se suicidaron o se “dejaron morir de a pocos”. No queremos hacer una apología del suicidio y la marginalidad, porque definitivamente para ser poeta no ha que matarse; son otras motivaciones personales las que tuvieron y que no son materia de este ensayo.
JRR tiene un justo sitial en la historia literaria por ser el co-fundador y principal teórico de Hora Zero en la década del 70, el movimiento poético peruano más importante de fines del siglo pasado, que impuso un cambio radical en la poesía peruana y latinoamericana con su concepto del “poema integral”, y de cuya “mundialización” actual dan cuenta, además de blogs y web sites especializados, una serie de monografías, textos críticos, antologías literarias y tesis doctorales en universidades del Perú y el extranjero. Sus “Palabras urgentes” son un manifiesto contundente que reclamaba para la poesía el acceso de la calle, los seres cotidianos, la palabra coloquial y descarnada, junto con la preocupación social.
A una obra sólida y consistente, innovadora y vital, JRR suma otra actitud frecuente en los grandes poetas: una renuencia a la fama y un autoexilio personal. Él optó por fundirse en el anonimato. Su ética individual y su filosofía existencial nos dejan desconcertados, tanto en la dignidad como en el orgullo con que vivió sus últimos días, transfigurado casi en un ángel indigente. No es casual: en la mitología antigua, algunos dioses se disfrazaban de mendigos para probar la fe de los humanos. “¡Basta de homenajes!”(2), fue la frase que JRR pronunció un mes antes de morir en los médanos de Virú. Esas palabras lo retratan tanto como su poesía escrita.
En JRR confluyen otras dos características de los poetas geniales: calidad literaria y una vida cercana al mito. Es lo que se llama, un poeta de culto. Pero, como decíamos líneas arriba, JRR tiene una patria chica a la que le ha dado brillo y esplendor: Chiclayo. Podemos aventurarnos a decir lo siguiente: si desde la arqueología, el descubrimiento de la tumba del Señor de Sipán contribuyó a llamar la atención sobre el pasado prehispánico de la región Lambayeque, la obra literaria de Juan Ramírez Ruíz reinventa a Chiclayo como el nuevo mito literario peruano, a la altura del Santiago de Chuco de Vallejo, el Barranco de Eguren o la Lima de Luis Hernández. Pero, reiteramos, es la poesía de Ramírez Ruiz, la que sobrevivirá (o acompañará) a su mito, como dos caras de una misma moneda.

CHICLAYO Y SUS ÍCONOS CULTURALES
Con JRR, Chiclayo refuerza su singularidad y una categoría literaria que le viene por estirpe propia, fruto de su historia. Actual eje económico y comercial del nororiente peruano, Chiclayo no tuvo una fundación española, a la usanza de otras ciudades como Lambayeque, Ferreñafe o Zaña, pero su origen en el siglo XVI, durante los albores del Virreinato, está bien documentado por el historiador lambayecano Jorge Zevallos Quiñones(4). Chiclayo se distingue por su aire festivo y campechano, sus yacimientos arqueológicos, su comercio intenso, su gastronomía y su música popular, sus compositores como Luis Abelardo Takahashi Núñez, escultores como Miguel Baca Rossi, o el propio escritor Nicanor de la Fuente Sifuentes “Nixa” –pacasmayino radicado en Chiclayo, que falleció a los 107 años. Ellos son un botón de muestra. Incluso Chiclayo y Piura se disputan ser la cuna de Enrique López Albújar, autor de “De mi casona”, “Los caballeros del delito” y la famosa “Matalaché”, entre otras obras. Además, en Chiclayo está la gran tradición de los “decimistas” populares de Zaña, como Leyva y Oscar Colchado (ver: “La otra historia: Memoria colectiva y canto del pueblo de Zaña". Luis Rocca Torres, Instituto de apoyo agrario, Lima: 1985).
Pero Chiclayo siempre representó más que eso, mientras sus manifestaciones culturales eran joyas de círculos especializados, su poesía se robustecía en el silencio. Acaso lo más conocido fue siempre su arqueología, con íconos como el tumi de oro Íllimo, historias de huaqueros en Mataindios, Úcupe, Siete Techos, Pampa Grande u Ollotún, así como las haciendas azucareras de Cayaltí, Pátapo, Tumán, Pucalá y Pomalca. Igualmente, no es casual que Hans Heinrich Brüning desde que arribó al Perú en 1875 haya vivido largas décadas Lambayeque realizando labores de etnógrafo y arqueólogo (4) o que un novelista limeño, Carlos Camino Calderón, haya ambientado en estas tierras su excelente novela “El daño”. Asimismo Chiclayo tiene otros íconos en los libros “A golpe de arpa” (1935), recopilación de mitos lambayecanos de Augusto León Barandiarán y Rómulo Paredes, “Puerto cholo”, de Mario Puga Imaña (1915-1959). De hecho, una ciudad con rol protagónico en la literatura.

RAMÍREZ / JELYL / LORA
En medio de este panorama, nació el poeta JRR, heredero de estas corrientes, aunque JRR se distingue por su actitud contestataria y fundacional. En la tradición poética de Chiclayo, el poeta José Eufemio Lora y Lora (JELYL) abre el siglo XX con “Anunciación”, verdadero debut y despedida con tonos del romanticismo, pues moriría en Paris atropellado antes de ver la madurez. Su poema “Piedad” se deja leer como una triste elegía: “Sea hoy, Señor, mi compasivo ruego / el del viejo filósofo eleusino / por el perro que ladra en el camino / por el peñasco que desciende ciego. // Piedad, Señor, piedad para la pena / que hizo vibrar el hierro al asesino, / para el vino maldito, para el vino / cuyo sorbo final está en el Sena. // Y para el pensamiento que en la noche / sin bordes de la Nada quedó preso / antes de hallar su verbo cristalino; / como la flor helada antes del broche, / como el amor extinto antes del beso, / como el canario muerto antes del trino”.
Asimismo, el poeta Juan José Lora Olivares es partícipe de ese mismo destino. Prisionero en El Frontón por su militancia política y víctima de la adicción a la morfina(5), supo transfigurar su tragedia personal en los versos de tono popular y modernista de su poemario “Con sabor a mamey”, editado en 1961 por Juan Mejía Baca, un verdadero clásico de la “chiclayaneidad”. El poema “Retorno”, leído luego de la muerte de JRR, puede funcionar como el epitafio perfecto: “Este era el triste caminando alegre / por pueblo sin calles, casa entera. / No estaba en el balcón la primavera / y él silbaba para que saliera. // Seguía el triste caminando alegre. / Puso su pena en linda pajarera, / más, chiroque, rebelde a su manera, / murió sangrando miel algarrobera. // ¿Cómo era el triste caminando alegre? / lo juro, madre, yo no sé como era; / pero lo siento como si lo viera; era un fantasma de bendita cera. // ¿Ya no es el triste camino alegre? / Si lo es: ¡Yo soy! Y me sabrá quienquiera / baile con su alma, sola y compañera, / esta nostalgia que me atondera. // Yo soy el triste, caminando alegre, / que canta por Chiclayo en esta espera / universal retorno y primavera, / por si Chiclayo desapareciera”.
Sin duda, Juan Ramírez Ruiz, al margen de ser uno de los poetas peruanos más significativos, es también el poeta de Chiclayo por antonomasia. “Solitario”, uno de sus últimos poemas, perteneciente a s último libro “Las armas molidas” (Arteidea, 1996) y reeditado el verano de 2004 en la revista literaria “Don Loche”(6) fue acaso su más nítida premonición:

“Solitario -en una duna interminable
agoté mi cuerpo
colocando un poro mío en cada estrella...

Y ahora es remoto el aire-
y cercano al estante de los médanos...

Hablo incendios y estallidos...
En cada ojo tengo tres tristezas...
En cada día nuevas noches...

Estaba yo pensando –
y de pronto la tierra se hospedó en mi cuerpo” (JRR).

Más allá de las circunstancias trágicas de su muerte, definitivamente, Chiclayo y el Perú entero están en deuda con Juan Ramírez Ruiz: la publicación de su obra poética completa es un compromiso pendiente.

ESQUINA SIETE DE ENERO Y SAN JOSÉ
(Poema de Juan José Lora Olivares en “Con sabor a mamey”, 1962)

Poste de luz, compañero,
cuántas cosas por ti sé;
y tú me sabes sincero
esquina Siete de Enero
y San José.

Alumbrabas mi sendero
¿Y qué pasó?, algo fue.
Pero ¿quién no es pasajero
esquina Siete de Enero
y San José?

Ayer, sobre tu madero
mi corazón te grabé;
y el tuyo lo llevo entero
en mi cruz; Siete de Enero
y San José.

Poste de luz, compañero,
junto a ti mi verso en pie,
mientras yo doblo el sendero,
esquina Siete de Enero
y San José...

NOTAS
(1) El mayor PNP Oscar Zavala Távara, lideró el grupo policial que, tras una paciente investigación de varios meses, pudo identificar al poeta a partir del examen de las huellas necrodactilares, que el poeta Juan Ramírez Ruiz fue atropellado por un ómnibus interprovincial.

(2) Con estas palabras textuales, JRR rechazó seguir aceptando ayuda en Trujillo, en mayo de 2007. Poco tiempo después, se dio cuenta del estado de indigencia en que se encontraba el poeta a través de una carta abierta en Internet, inicialmente acogida en el blog Sol Negro, de Paul Guillén, gracias a un reenvío de la misiva hecho por el poeta Miguel Ildefonso. Tanto el “camino” elegido por el poeta, las circunstancias de su muerte, así como la odisea de su búsqueda conforman un capítulo aparte de esta historia.
(3) En su libro “Historia de Chiclayo, siglos XVI, XVII, XVIII y XIX” (Imprenta Minerva, Lima, 1995), Jorge Zevallos Quiñones sostiene que el Convento de Nuestra Señora de Santa María, levantado por los padres franciscanos y los nativos autóctonos en el Señorío de Cinto y Collique, es “la capilla bautismal de Chiclayo. La “Iglesia matriz”, como la conocían los chiclayanos antiguos, fue demolida absurdamente en 1960 para dar paso a un edificio. En los escombros que se conservan del templo –en la calle San José- todavía se pueden apreciar rasgos de su arquería filomudéjar.

(4) El ingeniero alemán Hans Heinrich Bruning (1848-1928) arribó al Perú en 1875. Vino a trabajar como mecánico de los nuevos ingenios azucareros a vapor. Apenas se contactó con los pobladores, se interesó en estudiar a la cultura muchik. Publicó el libro “Estudios monográficos del departamento de Lambayeque” (Librería e Imprenta Mendoza, Chiclayo, 1922). El Museo de Hamburgo conserva las placas fotográficas originales de vidrio, así como cilindros de cobre con grabaciones directas de la lengua mochica y libretas de campo.

(5) Cfr. “Nixa en el siglo. Hombres y hechos en la historia de Chiclayo (Conversaciones)”. Ghely Villanueva Díaz. Ediciones Acunta, Chiclayo, 1997. En esta extensa entrevista, el escritor Nicanor de la Fuente Sifuentes ofrece datos importantes para conocer a Juan José Lora, cuyos libros “Diánidas” y “Lydia” siguen inéditos. Por su valor intrínseco, escogemos este fragmento: “(…) Una vez le comenzó unos dolores de cabeza terribles, entonces en el hospital Belén un médico lo vio y le dijo: ´Al fin le voy a cortar el pelo a un pelucón´, y lo operó. Parece que por ese tiempo consumía drogas y un día un amigo lo llevó, pero cuando le faltó se escapó sin que le cerrara la herida, por eso le quedó una fístula ahí. (…). Él estuvo preso (…) Ahí se puso mal porque necesitaba droga, entonces esa tarde dispuso que lo llevaran al hospital en donde le pusieron morfina”

(6) “Solitario”, de JRR. En: “Las armas molidas” y posteriormente Don Loche, Año II, No. 3. Sindicato de Poetas sin Trabajo – Sismo Poético Resistente. Chiclayo, Perú, Verano de 2004
(edición artesanal).

(*) Artículo también publicado en edición impresa en el Semanario Expresión Nº 695, Chiclayo semana del 9 al 16 de diciembre de 2010.

martes, 7 de diciembre de 2010

Oscar Allaín: “Chiclayo es fuente inagotable de cultura”










Texto: Nivardo Córdova Salinas (nivardo.cordova@gmail.com)
Fotos: Alfredo Allaín Santisteban y Guillermo Fowks


Chiclayo y los chiclayanos no son sólo una viva estampa de color y de formas, presente como tema recurrente en la obra del artista plástico Oscar Allaín. Chiclayo también es parte de su experiencia vital del creador.

Chiclayo y el artista plástico Oscar Allaín Cottera son un binomio inseparable como las dos caras de una moneda. A esta ciudad lo unen muchas experiencias y recuerdos, de amigos y compadres, jaranas de guitara y cajón, conversaciones con pescadores de San José y mujeres floristas de Monsefú, que el pintor ha inmortalizado en muchas pinturas.
Allaín –a quien visitamos en su taller limeño del jirón Succha, en Breña- recuerda que residió en la ciudad de Lambayeque durante su adolescencia, debido a que su padre fue militar que estuvo destacado en esa ciudad por varios años.
Estos son los años de la educación sentimental del artista y de sus primeros bocetos y dibujos. “Fue en Lambayeque donde descubrí mi vocación artística. Mi padre era un peruano muy sensible a la cultura, pero obviamente había siempre en los mayores una mirada de incertidumbre respecto a la vida del artista, pues se pensaba que el arte te llevaba a una vida bohemia. Pero mi padre, al enterarse de que yo quería ser pintor, me apoyó para seguir la carrera de bellas artes”, afirma.

CHICLAYO DE MIS AMORES
Años después el pintor regresaría al norte. De acuerdo con lo que afirma Allaín, su vinculación emocional e intensa con Chiclayo se inicia al conocer a su fallecida esposa Yolanda Santisteban Vásquez, dama chiclayana de finísima voz para la música criolla, madre abnegada y compañera fiel del artista.
Al hablar de ella la nostalgia ilumina su rostro, y a cada frase evocadora le sigue un minuto de silencio. Doña Yolanda falleció hace unos años en Lima, dejando un vacío infinito en su vida, y que lo obliga más a refugiarse en el único espacio que no le resulta solitario: su atelier de artista en Breña.
Confiesa que fue su esposa, chiclayana de nacimiento y cantante, quien lo unió más con la ciudad norteña, donde sembró la amistad de artistas como el centenario escritor Nicanor de la Fuente Sifuentes "Nixa", así como los poetas Ricardo Rivas Martino, Alfredo José Delgado Bravo, Max Dextre y Alfonso Tello Marchena.
Hay un hecho muy importante. En Chiclayo nació, vivió, trabajó y falleció uno de los hijos del pintor: el famoso y recordado mimo Yulo Allaín. "Mi hijito querido, era un artista grande, y también pintaba muy a su manera cosas preciosas". Iguales palabras de padre orgulloso tiene para con sus otros hijos, el fotógrafo y periodista Alfredo Allaín y el cajoneador César, quien también realiza incursiones en la poesía. Otra de sus anécdotas chiclayanas es que alguna vez trabajó en Radio Delcar como locutor. “Pero esa es otra historia…”, afirma.

CON NIXA Y ALFREDO JOSÉ DELGADO
“La poesía de Nixa siempre me pareció una verdadera pintura con palabras, por su ritmo, colorido y metáfora. ¡Y qué manera de retratar a Chiclayo! La lectura de su poemario ´Las barajas y los dados del alba´ marcó un capítulo importante en mi búsqueda artística”, señala. Allaín recuerda mucho a Delgado Bravo, quien generosamente escribió muchas veces los comentarios críticos en los catálogos de las exposiciones.
Uno de los cuadros de Allaín se llama “El despenador”, un personaje que antaño existió en el norte, generalmente un cholo recio y caritativo, de buenas costumbres y querido por su comunidad, que cumplía el trabajo de “ayudar” a morir en paz a las personas que agonizaban con enfermedades terminales y dolorosas.
“Alfredo José me comentó una anécdota sobre un despenador. Una vez fue a cumplir un encargo de un paciente moribundo. Al parecer, la torción de cuello esta vez no resultó efectiva, o simplemente no era su hora de morir, pero el moribundo empezó a mejorar y se recuperó del todo. Años después a él le tocó ayudar al despenador a pasar a mejor vida…”, recuerda.
En todo caso, la noticia del fallecimiento del poeta Alfredo José Delgado lo sobrecogió. “Era un gran intelectual del Perú, universal sin dejar de ser regional”, dice

CHICLAYO COMO “LEITMOTIV”
Pero el sabor popular de los chiclayanos modestos, los pescadores artesanales, los agricultores, los cargadores del Mercado Moshoqueque, las vendedoras de pescado del Mercado Modelo, los cantores de “La esquina del movimiento”, las picanterías de Monsefú, todos ellos han sido retratados en sus cuadros de sabor peruanista. Y por qué no decirlo: de sabor chiclayanista.
Al igual que José Sabogal, el fundador de la corriente pictórica denominada como “indigenismo”, fue el primer pintor en retratar “a los peruanos y al Perú”, se puede afirmar que con Oscar Allaín, el paisaje natural, humano y cultural de Chiclayo y el norte adquieren la categoría de un “leitmotiv”, de tema e inspiración creadora. Para no ser injustos ni excluyentes, vale señalar que el artista ha incorporado a su imaginario pictórico el paisaje costumbrista de Piura, Sullana, Catacaos, Paita, Yacila, La Legua, Chulucanas, Pimentel, Olmos, Santa Rosa, San José, Ferreñafe, Eten, Reque. Y la lista continúa…

CON LUIS ABELARDO NÚÑEZ EN FERREÑAFE
En el campo de la poesía popular y la música tradicional costeña, Allaín no puede ocultar una tristeza y nostalgia al evocar a su compadre y amigo, el compositor criollo y poeta Luis Abelardo Takahasi Núñez, quien falleció en 2006 en Japón y fue sepultado en Ferreñafe, tierra natal del autor de hermosos valses peruanos "Ansías", “Con locura”, “Engañada”, “Cuando habló el corazón”, “Mal paso”; la marinera “Sacachispas” y aquel “himno” de golpe tierra titulado “¡Que viva Chiclayo!”.
"Con él hemos sido como hermanos. Era un verdadero poeta, sus finas letras y emotivas melodías son universales. Con él cantábamos juntos, él tocaba excelentemente la guitarra y me enseñaba siempre sus composiciones", recordó. Como recuerdo de esa amistad, Allaín nos muestra un raro ejemplar de un libro de anécdotas ferreñafanas, escrito y editado por el bardo criollo en Japón.
Luis Abelardo obliga a un vals. Y como en el taller de Allaín no falta ni guitarra ni cajón, la jarana se arma apenas llega el experimentado guitarrista Cesar Calderón, vestido con saco celeste y pelo engominado, y cuyos acordes resuenan en el alma. Allaín, que solía cantar siempre con Luis Abelardo y el pintor Ángel Chávez, esta vez hincha el pecho para cantar el triste “El puente”, considerado como el uno de los más hermosos del cancionero nacional: “Al otro lado del puente / un nuevo cielo me espera/ yo voy a cruzar el puente / aunque al cruzarlo yo muera. / Y si yo logro cruzarlo / será mi mayor consuelo / la muerte no será muerte / no hay muerte bajo ese cielo (…) Allí las aves son libres / anidan en los laureles / hay rosales sin espinas / y los árboles no mueren / los ríos no tienen dueño / ni las montañas tampoco / todos aplacan su sed / bebiendo en la misma fuente. / ¡Dígame, si no hay razón! / ¡Para que yo cruce el puente!”.

CON LOS PINTORES
Allaín es un convencido de que el Perú tiene una gran tradición estética y artistas de proyección universal. Recuerda a la desaparecida pintora nacional Tilsa Tsuchiya, "con quien salíamos al campo a pintar al aire libre". Además exalta el trabajo de pintores como Juan Manuel Ugarte Eléspuru, Sabino Springett, Sérvulo Gutiérrez y Víctor Humareda. En Chiclayo destaca la obra de Barturén.
Con el pintor iqueño Sérvulo Gutiérrez -quien llegó a representar al Perú en un Panamericano de boxeo- comenta que lo unía una gran amistad, no sólo en la bohemia artística sino en el deporte de los puños. "Él estuvo muy cerca de mí cuando yo tuve un paso fugaz por el boxeo, esas cosas de muchachos. En un cotejo donde yo pelaba con un contrincante mejor que yo, le pedí que aviente la toalla. Pero cuando sonó el gong, me aventó a mí…", dice riendo.
Y sobre el pintor Víctor Humareda, artista puneño que se refugió a vivir en un hotel en La Parada, donde realizó su extraordinaria obra pictórica, recordó que fue su gran amigo. "Fui una de las personas más cercanas a él. Lo siento así y puedo respaldar esa afirmación. Humareda era un pintor muy excéntrico, pero un artista extraordinario", dijo. Recuerda que vivieron juntos y pintaban juntos. "Lo conocí en algunas exposiciones colectivas que realizábamos, y luego él me orientó y aconsejó cuando rendí mi examen de ingreso a la Escuela Nacional de Bellas Artes, donde me decía sácale un brillo por aquí, dale más luz acá… Era un artista excepcional", sostuvo
Pero si hay un pintor peruano por el que siente especial cercanía es el trujillano Ángel Chávez. “Es como un hermano para mí, y creo que es el pintor peruano más grande de todos los tiempos”.
Allaín sigue pintando, como un obrero intelectual, con predilección por los temas peruanos, la marinera, las jaranas criollas, escenas de pesca, paisajes urbanos y campestres, así como también temas sociales y cotidianos. Además escribe poemas en libretas, textos que todavía están inéditos. Su estilo mantiene su esencia, pero ha logrado un lenguaje personal, donde predomina el color explosivo y la estilización de las figuras humanas.
Entre los recuerdos y la vida presente, el artista permanece como un roble.

viernes, 3 de diciembre de 2010

Museo Afroperuano de Zaña reconstruyó marimba del siglo XVIII

El profesor Hugo Quiñónez y la aluma Rosa Yampufé interpretan, con la marimba recién constuida, el tema tradicional esmeraldeño "Andarele vámonos"

Acuarela "Negros tocando marimba" (Nº 142) del siglo XVIII perteneciente al Obispo de Trujillo Baltazar Jaime Martínez de Compañón y Bujanda.


Eriberto Marret y Hugo Quiñónez, artistas de Esmeraldas (Ecuador), reconstruyeron la marimba en Zaña.


Fotos: Sonia Arteaga (directora del Museo Afroperuano de Zaña) y Unframe / Texto: Nivardo Córdova Salinas

El Museo Afroperuano de Zaña tiene un nuevo motivo para enorgullecerse: después de haber estado extinguida durante dos centurias -desde el siglo XVIII a la fecha- esta institución logró reconstruir la “marimba”, instrumento de percusión parecido al xilófono y que era tocado antaño por los afrodescendientes, tarea que contó con la cooperación de músicos procedentes de Esmeralda (Ecuador) y expertos del Perú.

Bajo el lema “"Uniendo los espíritus de la diáspora africana", el Museo Afroperuano de Zaña, dirigido actualmente por Sonia Arteaga, fue creado hace poco más de un lustro: el 29 de marzo del 2005, por iniciativa del sociólogo Luis Rocca Torres -actual director de Patrimonio Cultural del museo- y un grupo de entusiastas intelectuales, artistas y pobladores zañeros. Como se sabe, Zaña es un pueblo de raíces africanas, porque durante el Virreinato fue un importante centro de inmigración de hombres y mujeres que llegaron desde el África desde el siglo XVII en condición de esclavos para trabajar en durísimas y hasta inhumanas condiciones en las haciendas costeñas.
A Zaña llegaban los africanos principalmente a través el puerto de Chérrepe. En estas tierras nos legaron no sólo el sagrado sudor de su trabajo sino también su cultura y tradiciones. En el Perú, son bastiones de la cultura afroperuana y afroandina las ciudades de Llapateras (Piura), Zaña (Chiclayo) y Chincha (Ica) y hoy son varias instituciones las que tratan de reivindicarlos por ser un componente esencial de la cultura peruana.





El MUSEO AFROPERUANO
Una de esas entidades que defienden y reivindican la cultura negra en todos sus aspectos es el Museo Afroperuano de Zaña, ubicado en la calle Independencia 645 de esa ciudad, “institución que se dedica a la investigación, salvaguardia y difusión del patrimonio cultural material e inmaterial de los afrodescendientes en el Perú con una perspectiva continental”, según se lee en su página web www.museoafroperuano.com. Para mayores detalles, y según información de esta página, “el museo cuenta con cinco salas y una colección de antiguas carretas. Las primeras salas exhiben fotografías, acuarelas, pinturas, dibujos, manuscritos que esbozan la secuencia histórica y la presencia de los afrodescendientes en la cultura peruana. La tercera sala muestra el legado artístico y musical de los afrodescendientes, mediante una valiosa colección de música afroperuana y afroamericana e instrumentos musicales. La sala afroandina pone de manifiesto la historia y las diversas expresiones que representan las relaciones interculturales entre africanos y pueblos originarios andinos del Perú. Finalmente, la sala de tortura presenta instrumentos que fueron empleados para castigar a hombres y mujeres en la época de la esclavitud. Este museo es el primero en su género en el Perú. Es una institución de culturas vivas dedicada a la conservación, estudio y exhibición de la vida, lenguajes, literatura, historia, música y arte de los pueblos afroperuanos y su relación con otras etnias”. El museo además cuenta con una biblioteca especializada.

AL RESCATE DE LA MARIMBA
En el campo de la música, o si se quiere de la etnomusicología, el Museo Afroperuano está empeñado en rescatar antiguos instrumentos afroperuanos que estaban en vías de extinción. Ya lo han hecho con el tronco afroperuano, el checo (incluso el proyecto incluyó la siembra de semillas de calabazas –de la familia de las cucurbitáceas- para fabricar el aparejo), el tambor de botija con cuero de chivo y ahora la marimba.
Según la enciclopedia virtual Wikipedia (http://es.wikipedia.org/wiki/Marimba), la marimba “es un instrumento de percusión, un idiófono, de forma parecida al xilófono. Consiste en un paralelepípedo de madera con una boca superior cuadrangular recogida por los bordes y que ensancha en la parte superior y se estrecha en la parte inferior hasta cerrarse en forma piramidal. Posee una serie de tablas delgadas (lengüetas sonoras) de distintos tamaños, dispuestas de mayor a menor, excavadas por la parte inferior. Estas lengüetas tienen perforaciones en sus extremos, y por esos orificios se atan con cordones que las sostienen suspendidas de clavijas verticales, fijas en un armazón trapezoidal. Cada tecla tiene su propia caja de resonancia”.
La marimba moderna es la conocida como “marimba cromática”, que surgió a partir de la marimba diatónica local que tuvo su origen en el “balafón” que los africanos construyeron en América. Instrumentos parecidos a la marimba son el xilófono, el vibráfono y el glockenspiel (o lira)
Por referencias historias, se sabía que en el norte del Perú, los afrodescendientes tocaban un tipo especial de marimba. La referencia gráfica más notable con que se contaba –acaso la única en su género- era una estampa titulada “Negros tocando marimba” (Nº 142), perteneciente a la serie de acuarelas del Obispo Baltazar Martínez de Compañón y Bujanda, quien desde el Arzobispado de Trujillo realizó en el siglo XVIII la esforzada tarea de dibujar flora, fauna, costumbres, mapas y planos del las principales ciudades y pueblos del norte peruano.
Según la información proporcionada por el Museo Afroperuano: “en la imagen mencionada se podía percibir que la marimba estaba confeccionada con una caja rectangular, que era colocada en el suelo y dos músicos la tocaban con palitos, de rodillas frente a frente. Realmente era muy raro el tipo de instrumento y la forma de ejecución”.
Con esta premisa, el Museo Afroperuano de Zaña se lanzó a la difícil pero no imposible tarea de reconstrucción de la marimba del siglo XVIII, para lo cual contó con la cooperación de varios especialistas e instituciones internacionales y nacionales. “Por la importancia de la reconstrucción, el Museo Afroperuano de Zaña hizo consultas a los artistas de Esmeraldas Hugo Quiñónez y Eriberto Marrett, pues en el pueblo de Esmeraldas hay una tradición ancestral en la confección y práctica musical de la marimba” señalan. También contribuyeron con sus valiosas orientaciones el investigador y artista peruano Rafael Santa Cruz y los especialistas en marimba africana Santiago Michael y Gabriel Amadeo.
Asimismo, con la participación de Luis Páez y Amelia Castelli, representantes de la Organización de Estados Iberoamericanos (OEI), con sedes en Ecuador y Perú respectivamente, el museo logró gestionar el viaje de los artistas esmeraldeños Hugo Quiñónez y Eriberto Marrett quienes llegaron a Zaña-Perú el 22 de octubre y luego de un arduo trabajo concluyeron la reconstrucción de la marimba el día 28 del mismo mes. La crónica de su trabajo, citada en la web del museo es toda una odisea: “Ellos afinaron cuidadosamente tecla por tecla el instrumento y finalmente el profesor Quiñónez y la joven peruana Rosa Yampufé, lograron interpretar con la marimba una antigua melodía esmeraldeña titulada “Andarele vámonos”. Simultáneamente a este proceso los artistas enseñaron a tocar marimba a jóvenes norteños en un taller de capacitación.
El 28 de octubre se hizo una ceremonia pública de presentación de la antigua marimba en el local del Museo Afroperuano con participación de Carlos Mendoza, Director Regional del INC- Lambayeque quien apoyó la iniciativa de la presencia en Zaña de los artistas esmeraldeños”.
Cabe señalar que sobre el proceso de reconstrucción de la marimba hay un acta, fotografías y un video (realizado por la productora española Unframe) que ha sido colgado en Internet en el canal de videos youtube (www.youtube.com/watch?v=iqrrfEZx_XQ)
Definitivamente la reconstrucción de la marimba peruana por parte del Museo Afroperuano de Zaña es un logro importante, que se suma al de investigadores en el mundo para rescatar estos sonidos ancestrales.

MÁS SOBRE LA MARIMBA EN EL MUNDO
Según Wikipedia, de las primeras marimbas que se tiene conocimiento están de las marimbas de aro o arco,” consistentes en un teclado de madera de hormigo, colocado sobre un marco de otra madera (pino o cedro) con un cincho de tela que le servía al ejecutante para «colgársela» y poderla así tocar en forma portátil; tenía calabazas que le servían de cajas de resonancia”.
Añade que posteriormente apareció la marimba «sencilla» que produce escalas diatónicas únicamente, con cajas de resonancia y con un teclado en donde ejecutan tres o cuatro personas (según su tamaño); este conjunto lo agrandaron agregándole una marimba pequeña que recibió el nombre de tenor, en la cual ejecutan dos o tres personas; fue así como se conoció el instrumento hasta inicios del siglo XX, en que aparecieron las primeras marimbas de doble teclado. Al par de marimbas sencillas (una grande y una pequeña) se les dio el nombre de «marimba cuache».
En la actualidad algunos marimbistas profesionales que ejecutan el instrumento a base del solfeo, hacen arreglos en los cuales cada ejecutante toca un papel distinto; esto ha venido a complicar la ejecución del instrumento, pero le da más encanto y lucidez.
La enciclopedia virtual añade que las teclas de la marimba se hacen de una madera especial llamada hormigo Platymiscium dimorphandrum, según algunos Triplaris tomentosa (Polygonacaeae). Las características principales que conlleva al uso en la fabricación de este instrumento musical son la facilidad de trabajar en ella, la dureza y resistencia a los golpes, y la producción natural de un sonido peculiar. La construcción de las primeras marimbas fue de sólo escalas diatónicas (que son las escalas que producen los pianos, las melódicas o pianicas cuando únicamente se utilizan las teclas blancas) y se les dio el nombre de «marimbas sencillas». En ellas, para bemolizar un sonido (lo que los marimbistas llaman «transportar»), los ejecutantes pegaban una bolita de cera en un extremo de la tecla, bajándole así medio tono.
En cuanto a las cajas de resonancia: Wikipedia dice que “actualmente se hacen de madera de cedro o ciprés, afinadas de acuerdo con la tecla y con una membrana pegada con cera en el extremo inferior, lo que permite el «charleo» o vibración que facilita la prolongación del sonido. La fabricación de cada una de estas cajas de resonancia conlleva un proceso muy parecido al de la guitarra.
La tela utilizada para producir el sonido se adquiere de los intestinos de cerdo a través de un proceso”, y el material de estas baquetas es de madera de guayabo y hule específico, intentando buscar la firmeza del palo y suavidad del bolillo. La Mesa: Se fabrica con madera común, puede llevar finos acabado y el nombre grabado en ella.
Durante el siglo XX el compositor Harry Partch escribió numerosas obras para marimba y modificó el instrumento para adecuarlo a sus necesidades expresivas. Steve Reich también se ha destacado por sus composiciones para marimba. Tom Waits también empezó a utilizar marimbas en su famoso disco "Swordfishtrombones", y desde entonces no ha dejado de usarlas. En Costa Rica se decretó como el instrumento nacional.










lunes, 22 de noviembre de 2010

Declaran patrimonio cultural a seis monumentos arqueológicos de cuatro regiones

Lima, nov. 22 (ANDINA). Seis monumentos arqueológicos ubicados en los departamentos de Piura, La Libertad, Ayacucho y Cusco fueron declarados Patrimonio Cultural de la Nación por el Ministerio de Cultura.
En primer lugar figura el yacimiento paleontológico Pampa Rampal, ubicado en el distrito de La Huaca, en la provincia de Paita, en Piura.
Igualmente figuran los caminos prehispánicos Culluchugo y Pampa Hermosa, situados en el distrito de Usquil, en la provincia liberteña de Otuzco.
También recibió la denominación el camino prehispánico Huaranchal, ubicado en el distrito del mismo nombre en la provincia de Otuzco.
En el distrito de Accomarca, provincia de Vilcas Huamán, en Ayacucho, fue declarado Patrimonio Cultural de la Nación el sitio arqueológico Erapata.
Asimismo, figura la zona arqueológica Puykapukara, en el distrito de Marcapata, en la provincia cusqueña de Quispicanchi.
Los reconocimientos fueron establecidos a través de resoluciones viceministeriales del Ministerio de Cultura publicadas hoy en el boletín de Normas Legales del Diario Oficial El Peruano.
Precisan que cualquier proyecto de obra nueva, caminos, carreteras, denuncios mineros o agropecuarios u otros que pudiesen afectar o alterar el paisaje deberán contar con aprobación del Ministerio de Cultura. LTO/JOT

Agencia Nacional de Noticias ANDINA.
En: http://www.andina.com.pe/Espanol/Noticia.aspx?id=0j1HLHodxyY=

lunes, 8 de noviembre de 2010

Cayaltí: La masacre de 1950 no quedó en el olvido

Por Nivardo Córdova Salinas, periodista.
nivardo.cordova@gmail.com
Nota del editor: Este reportaje de investigación se inspiró, además de las fuentes familiares, en el artículo del economista peruano Silvio Rendón.
- Además ha sido publicado en: Semanario Expresión Nº 690, Chiclayo, del 5 al 11 de noviembre del 2010- Ha sido citado por la destacada periodista peruana Susana Grados en su informe"Azúcar con sangre y amargura", que fue publicado en"Línea", suplemento del diario "La Primera". Lima, domingo 30 de enero de 2001.
- Ha sido Reimpreso en forma de folleto por  Rimactampu / Ediciones Urgentes. Lima, 18 de febrero de 2011.
- Ha sido recitado por Silvio Rendón en su blog  "Combitos".

Hace sesenta años, en el mes de noviembre de 1950, por lo menos 120 trabajadores de la hacienda Cayaltí fueron “ejecutados extraoficialmente” –léase: asesinados– por las fuerzas del orden debido a una protesta laboral, y luego fueron enterrados en una fosa clandestina en el cerro La Guitarra, en Mocupe. ¿Habrá comisión de la verdad y museo de la memoria para estos cayaltileños victimados?
El silencio oficial sobre aquel genocidio jamás pudo contra la tradición oral de los viejos cayaltileños que guardaron memoria de este crimen de lesa humanidad. La verdad ha salido a flote y desde hace algunos años este hecho histórico es analizado y estudiado en monografías y tesis doctorales hechas por investigadores sociales del Perú e incluso los Estados Unidos, lo que nos permite ahora realizar la difusión periodística.
Respecto a la “masacre de Cayaltí”, a nivel personal la primera versión que a la que tuve acceso fue durante mi infancia, cuando mi abuela, doña Aurora Balarezo viuda de Salinas, me relató que “aquí en Cayaltí hubo hace muchos años, cuando tú todavía no nacías, una matanza terrible, murieron muchos obreros y se los llevaron arrumados en camiones a enterrarlos no se sabe dónde”.
La breve narración, que despertó desde entonces mi curiosidad, en años posteriores fue reforzada por otros familiares cayaltileños que más o menos repetían la misma versión: una masacre de trabajadores y el temor de decirlo en voz alta.
En honor a la verdad y en mérito a que dicho genocidio ya ha sido relatado en varios libros y monografías históricas publicadas en versión impresa y también en Internet, como periodista –y también como cayaltileño– creo que es nuestro deber divulgar lo que ya está publicado, citando las fuentes consultadas.
Silvio Rendón, economista peruano radicado en Nueva York, el pasado 13 de octubre de 2010  publicó en la página web Gran Combo Club –un sitio que publica artículos y opiniones singulares- su investigación titulada “1950: La masacre de Cayaltí” (http://grancomboclub.com/2010/10/1950-la-masacre-de-cayalti.html)
Para mayor rigor histórico y la objetivad, Rendón ha citado textualmente en su escrito tres fuentes bibliográficas: “La oligarquía peruana: historia de tres familias” de Denis Gilbert (Lima, Editorial Horizonte, 1982); “Cayaltí: The formation of a Rural Proletariat on a Peruvian Sugar Plantation. 1875-1933″ (“Cayaltí: la formación del proletariado rural en una plantación azucarera peruana” 1875-1933”) de Michael Gonzáles, (Tesis doctoral, Universidad de California, Berkeley, 1978) e “Historia del Sindicato de Cayaltí” de Orlando Plaza (Tesis de Bachillerato, Pontifica Universidad Católica del Perú, 1971). Estas dos últimas publicaciones han sido citadas por Gilbert.
Los hechos cruentos concernientes a la matanza, según Rendón, se desencadenaron debido a que “en noviembre de 1950 los trabajadores de la hacienda se declararon en huelga por reclamos salariales y fueron reprimidos por la policía con un saldo de por lo menos 120 trabajadores muertos”. El episodio lo relata Gilbert (1982: 140), de esta manera: “Se generó una situación tensa cuando los trabajadores se declararon en huelga y los administradores de la hacienda llamaron más efectivos para reforzar el puesto de la Guardia Civil de Cayaltí”.
En la versión de Plaza encontramos: “Una confrontación inicial entre la policía y los trabajadores dejó como saldo un trabajador muerto. A ello siguieron una serie de arrestos. Singularmente, los huelguistas estaban al borde de capitular, cuando se produjo otro incidente más serio. Esta vez la policía no sólo abrió fuego contra un grupo de trabajadores reunidos en el puesto de la Guardia Civil, sino que los persiguió a través del pueblo, disparando salvajemente contra los trabajadores que intentaban escapar. Por lo menos murieron 120 (Plaza 1971: 10). Numerosos trabajadores huyeron hacia sus hogares en la sierra. Se prendió fuego a los campos de caña”.
Tanto Gilbert como Plaza apuntan a un genocidio sin precedentes en Lambayeque. “Esa noche -recordó un obrero años después- mataron a cientos. Luego, en camiones de la empresa los recogían y muertos y heridos fueron transportados frente al cerro ‘La Guitarra’ donde se había cavado una zanja y ahí fueron arrojados”. Según este hombre, un amigo suyo manejó uno de los camiones y “se enfermó de lo visto, que nunca curó hasta que murió” (Plaza 1971: 11).
Una vez consumada la matanza, el silencio oficial cubrió todo con un manto de sombra. En su artículo, Rendón anota lo siguiente: “La Empresa [hacienda Cayaltí] tuvo apoyo de todos los organismos. Se amenazaba a la gente que reclamaba con botarla o fusilarla; los policías llevaban a los cabecillas y no se sabía más. Sólo se oía el llanto de muchas señoras, hijas, esposas, preguntando por sus seres queridos. Quedó una cosa como el terremoto: sin sentido. Había calma, pero sí había ese rencor” (Plaza 1971: 10).
Otras versiones recogidas por los autores citados, aseguran que “en determinado momento se llevaron tropas de la Fuerza Aérea de una base cercana. La relación no deja claro el papel exacto que desempeñaron en estos acontecimientos”.
En su análisis y opinión Rendón es implacable: “Ahí quedó la cosa. No hubo `comisión de la verdad´, ´comisión investigadora´, ´defensoría del pueblo´, responsabilidad ´política´ o ´penal´, debate en el congreso, condena de la prensa (no había congreso en los tiempos de Odría y la prensa era de la oligarquía). Y tampoco hubo ´museo de la memoria´ ni nada por el estilo. Sólo la tradición oral de los familiares y compañeros de los obreros muertos. Sin embargo, cuando llegó la reforma agraria en 1970 Cayaltí era la hacienda con peores relaciones laborales que cualquier hacienda azucarera del departamento. La bronca se había embalsado no sólo desde los cincuentas, sino desde antes”.
Lo cierto es que este hecho, aunque quiso ser silenciado, permaneció en la memoria colectiva de Cayaltí. Lamentablemente no existe una relación de las personas que “desaparecieron” y lo más probable es que jamás se redactó un acta o informe policial. Presumo que en los archivos de la antigua hacienda tampoco hay rastros.
LA HACIENDA CAYALTÍ Y LA FAMILIA ASPÍLLAGA
Con el respeto que merece la honra de las personas, incluso la memoria de los fallecidos, tanto victimas como victimarios y autores intelectuales (este reportaje no pretende satanizar a nadie, pues creemos que justicia no es venganza), la verdad histórica es que los dueños de Cayaltí fueron hacendados integrantes de la familia Aspíllaga. Por versiones orales que he recogido en la zona, “los Aspíllaga eran personas disciplinadas y exigentes en el aspecto laboral, pero a la vez generosas con sus trabajadores; fueron muy buenos administradores y Cayaltí llegó a ser una de las haciendas más prósperas del Perú porque ellos supieron trabajar bien y darle bien trato a los obreros. Si no ¿por qué después que el general Velasco les expropió Cayaltí la cooperativa quebró?” (entrevista personal).
Muchos cayaltileños hablan de bonanza, buena época, bienestar de los trabajadores y sus familias hasta antes de 1970, en que se decretó la llamada “reforma agraria” y se entregó la hacienda a los campesinos bajo el sistema de cooperativismo, que años después fracasó al punto que hasta ahora “Cayaltí no es ni la sombra de lo que fue”.
Sin embargo, los historiadores citados en este reportaje tienen una visión más crítica sobre la familia Aspíllaga (no toda la familia, obviamente, sino quienes fueron “patrones”): “La empresa de los Aspíllaga tenía una larga tradición de maltrato a los trabajadores, que quedaba siempre impune debido a su poder económico, político y mediático. Ántero Aspíllaga evitó la destrucción de la hacienda Cayaltí por los invasores chilenos pagando cupos, ´mostrando documentos que mostraban que Cayaltí pertenecía a su principal acreedor, la firma estadounidense Prevost & Co.´ (Gilbert 1982: 114), escondiendo el alcohol y los alimentos de los invasores. En esa circunstancia tres trabajadores chinos se fugaron”, escribe Rendón.
“En los años de 1880 los Aspíllaga siguieron dependiendo de los trabajadores chinos con los que habían trabajado en la hacienda antes de la guerra. En Cayaltí, al igual que en otras haciendas, se explotaba cruelmente, se les pagaba poco a los chinos y estaban sujetos al sistema privado de justicia que administraban los hacendados. Los Aspíllaga tenían una cárcel en la hacienda y se adjudicaron a sí mismos el derecho de encarcelar o azotar a los trabajadores Gonzáles (1978: 186-97) registra varias ocasiones en las cuales los miembros de la familia ordenaron ejecuciones por asesinato, y un incidente de 1875 en el cual un trabajador chino huido fue muerto por una partida de búsqueda de mayordomos de Cayaltí enviada a recapturarlo”.
Y añade: “Los Aspíllaga admitían que sus trabajadores chinos eran ´semi-esclavos´ y que ´se les trataba muy mal´. Sin embargo, estaban dispuestos a justificar sus acciones caracterizando racistamente a los chinos de ´bárbaros´, ´demonios´ y ´semi-humanos´ (Gonzáles 1978: 199-200).
El economista Rendón sostiene que “para la década de 1890 la inmigración china estaba cerrada y Cayaltí recurrió al reclutamiento de trabajadores de la sierra norte mediante el enganche. Las condiciones de trabajo eran mejores, recurriendo a métodos más sutiles y paternalistas, pero con disposición a aplicar violentamente la fuerza cuando fuese necesario”.
En la familia Aspíllaga, una de las figuras más prominentes fue Ántero Aspíllaga, quien fue dos veces senador por Lima y dos veces candidato presidencial civilista, perdiendo con el populista Billinghurst en 1912 y con Leguía en 1919. En 1922 falleció en Europa, noticia de la que dio cuenta el New York Times del día 12 de enero de ese año (ver recuadro).
“Desde luego que la figura de Billinghurst soliviantaba a los trabajadores y a los Aspíllaga les preocupaba que la disminución de la jornada de trabajo a ocho horas y la presión por aumento de salarios llegara a su plantación de Cayaltí. A pesar de perder las elecciones, este incidente demuestra cómo así los Aspíllaga conservaban su poder: En 1913 se llegó a una decisión final sobre una larga disputa de tierras entre Cayaltí y el pequeño pueblo de Zaña, el cual estaba completamente rodeado por la hacienda. La decisión, favorable a los Aspíllaga, motivó un ataque en el pueblo a la propiedad de la familia y a la quema de la tierra en disputa. A pedido de los Aspíllaga, Zaña fue ocupada por el ejército, que impuso el toque de queda y prohibió la venta de licor, la posesión de armas, y proscribió las reuniones públicas. El ejército restableció el orden, pero para ello mató a dos zañeros e hirió a varios otros. Subsecuentemente, el prefecto de Lambayeque archivó un informe sobre lo sucedido, describiendo la acción del ejército como una “masacre” y afirmando que todos los cerros circundantes a Zaña habían sido robados por las haciendas cercanas, especialmente Cayaltí. Ántero vio el informe, y le fue posible reemplazar al prefecto con alguien más favorable a los intereses de los Aspíllaga en menos de una semana (Gonzáles 1978: 74, en base a la correspondencia de los Aspíllaga).
Otro suceso relevante que demuestra el poder e influencia política de los hacendados y terratenientes es este: “En 1919, luego del golpe del 4 de julio de Leguía, hubo una huelga potencialmente violenta en Puerto Eten, donde los Aspíllaga tenían azúcar y alcohol almacenado para embarcar; les siguieron los trabajadores del ingenio azucarero, y en septiembre los cortadores de caña: pedían salarios más altos y precios más bajos para los alimentos. Los Aspíllaga estaban entonces de malas con el poder, pues se habían enfrentado a Leguía. Sin embargo, pudieron gestionar con el prefecto el envío de ochenta hombres armados a Eten con la amenaza de encarcelar a los trabajadores portuarios; concedieron aumentos de salarios a los trabajadores del ingenio y recurriendo, una vez más al prefecto respecto a los cortadores de caña: le pidieron veinticinco hombres armados, éste envío cincuenta y los trabajadores regresaron a trabajar”.
Incluso en el campo monetario, el poder de los Aspíllaga se demuestra en que tenían su propio sistema de monedas. El economista Rendón lo cuenta así: “Hubo una época en el Perú en que a los trabajadores rurales no les pagaban el salario en dinero, sino en monedas producidas por el terrateniente (ver El Perú feudal). Era una moneda que carecía de valor fuera de los dominios de la plantación. Así también ocurrió en la Hacienda Cayaltí de los Aspíllaga. AAHSA significa “Aspíllaga Anderson Hermanos S. A. El terrateniente era así su propio banquero central, con política monetaria privada. Y hasta con su propio sistema de justicia”.
Años más tarde, en 1930 en que surge el APRA, Rendón asegura que este movimiento “estaba presentado problemas a los terratenientes. Desde los periódicos locales se les atacaba duramente”. Los Aspíllaga lo sabían: “en Zaña son todos absolutamente apristas” aparecería en una correspondencia. Luis Aspíllaga escribía a Lima en junio de 1931, previo a las elecciones de ese año: “un pretendido asalto por parte de la peonada de Tumán y Patapo-Pucalá, que repelieron fuerzas bajo el prefecto a la entrada de Chiclayo, con una descarga cerrada de la que dicen hay 11 muertos y otros tantos heridos”. Todo esto, sumado al encarcelamiento de los “cabecillas” y la censura de “El Trabajador”, un periódico de los trabajadores que circulaba en las haciendas, contó con el apoyo de los Aspíllaga” (véase artículo de Rendón en el enlace citado al inicio).
La teoría que maneja Rendón es que los Aspíllaga y la clase terrateniente en general tenían un férreo control de la prensa, que manejaban desde la denominada Sociedad Nacional Agraria”. “Tenemos hasta dos periódicos, La Crónica y La Prensa”, escribía Ramón Aspíllaga en 1934. Aparecían artículos anónimos defendiendo el punto de vista de los hacendados o hacían entrevistas con los periodistas de publicaciones que les eran favorables. Y desde luego, censuraban a quienes tenían puntos de vista opuestos. “La Hora”, periódico lambayecano de tendencias izquierdistas, publicaba artículos de un periodista español que criticaba a los hacendados, particularmente a los Aspíllaga. Éstos hicieron que el prefecto ordenara el cese de la publicación y que el periodista español abandonara la zona (Gilbert 1982: 131).
“Pero la contribución más importante que hizo el gobierno a la supervivencia económica de los Aspíllaga y otros hacendados fue ciertamente la represión al APRA y otros elementos radicales que amenazaban el control que estos ejercían sobre la fuerza laboral” (Gilbert 1982: 131), bajo una especia de “criminalización” de apristas, comunistas y anarquistas, la cual “no era sólo ideológica o por seguridad, sino fundamentalmente económica”.
Posteriomente, ya en tiempos del breve gobierno democrático de José Luis Bustamante y Rivero (llegó mediante elecciones al gobierno con su partido Frente Democrático Nacional) se produce un resurgimiento de la actividad sindical. “El sindicato de Cayaltí se forma 1945 y es reconocido en el Ministerio de Trabajo gracias a la presión del representante aprista por Lambayeque. Los terratenientes tienen que aceptarlo argumentando que era “un mal a tono con la época política y social que atravesamos” (Gilbert 1982: 137).
“Sin embargo, los Aspíllaga están en la primera de la resistencia a Bustamante. Cayaltí era la sede de la Alianza Nacional en Chiclayo. Apoyan a Odría en el golpe de 1958, en su gobierno, en la candidatura única de Odría en 1950. Los Aspíllaga aportan trabajadores (700) de “portátil” para formar parte de las manifestaciones de la Alianza Nacional. Es en este contexto que se da la masacre de Cayaltí de 1950. Como diría Martín Adán, con la dictadura de Odría el Perú vuelve a la normalidad, y también, y sobre todo, para los trabajadores. Los terratenientes les iban a dar una lección y mostrar que eran éstos quienes seguían mandando. Que los trabajadores no se ilusionaran con la democracia, las elecciones, sindicatos, o representantes en el congreso”, concluye Rendón.
Volviendo al tema de la masacre de Cayaltí, resulta sintomático que a pesar de que el hecho ocurrió no hay ninguna “versión oficial”. Además del testimonio oral de los ancianos cayaltileños, de las tesis doctorales citadas, a veces el tema asoma donde menos lo esperamos, como por ejemplo en someras referencias como en una página turística (http://www.lambayeque.net/chiclayo/cayalti/ubicacion/), donde al referirse a Cayaltí señala: “Un pueblo que ha sido escenario de sangrientas acciones de luchas sindicales contra la patronal de ese entonces, asimismo la masacre del año 1950 de triste recordación…”.
No se puede tapar el sol con un dedo, ni tampoco pretendemos una cacería de brujas contra los descendientes de la familia Aspíllaga (a quienes intentamos ubicar en Lima pero sin tener resultados) o contra los efectivos policiales que acataron la orden de ejecución extrajudicial. Es importante que las nuevas generaciones sepan de estos hechos, no para sembrar odios, sino para reflexionar y concluir que la violencia no es el camino para el desarrollo.
Hay quienes opinan que las autoridades competentes deberían buscar los cadáveres que están posiblemente enterrados en algún sector del cerro La Guitarra, pero eso no depende de nosotros, además es una labor difícil.
A sesenta años de esta barbarie exigimos solamente que la verdad salga a la luz, porque “la verdad nos hará libres”. (NCS)
Publicado también en: http://www.semanarioexpresion.com/noti_ver.php?codigo=Z49338U4

jueves, 4 de noviembre de 2010

Destrucción de zonas arqueológicas en Lima



Por Nivardo Córdova Salinas (nivardo.cordova@gmail.com)

Lima, al igual que Lambayeque y todo el Perú, se encuentra asentada sobre restos arqueológicos de las culturas pre-hispánicas que se desarrollaron en los valles de Chillón, Rímac y Lurín. Sin embargo y a pesar de que los nuevos hallazgos ocupan primeras planas noticiosas, cientos de monumentos arqueológicos han sido destruidos en las últimas décadas debido a la expansión urbana, el desconocimiento de las autoridades del Estado y municipios y hasta las restauraciones forzadas con fines turísticos.
Lima no sólo es la ciudad de los balcones, conventos y casonas solariegas. Es también el fruto de más de 5 mil años de ocupación humana a lo largo de su territorio. Se han registrado en Lima vestigios del período formativo (8 a 10 mil años A.C) como por ejemplo el taller lítico de Chivateros en el valle del río Chillón, considerado uno de los “hombres peruanos” más antiguos y el primer que fabricó artefactos de piedra para cazar. También hay restos de templos religiosos como Puruchuco (Ate) y Pachacámac (en Lurín) este último considerado el oráculo más prestigios de la costa peruana y que fue utilizado incluso hasta tiempos del incanato. Lo cierto es que en todos los actuales distritos de Lima hay restos arqueológicos como huacas, tambos, palacios, caminos, canales de regadío y restos de ciudades.
Como muestra de esto, la semana pasada la arqueóloga Isabel Flores Espinosa realizó un importante hallazgo en la cúspide Huaca Pucllana (distrito de Miraflores): Una tumba con cuatro momias, de la cultura Wari y que data aproximadamente del año 850 de la era cristiana. No es la primera vez que se registran este tipo de hallazgos en Lima.
Según información de la agencia nacional Andina, este es el primer entierro intacto no profanado por huaqueros en Huaca Pucllana. En el contexto funerario se aprecia una momia adulta como personaje principal y tres menores; dos en el interior de la tumba y otro ubicado en la esquina sudoeste. Asociados a los fardos hay dos grupos de ofrendas entre las que destacan una bolsa textil con agujas, así como cabezas postizas, vasijas, calabazas y maíces.
La arqueóloga Isabel Flores indicó que este entierro tiene todas las técnicas Wari. “El personaje está en cuclillas, lo protegen con sus vestimentas y algodón hasta darle forma troncocónica. Cuando lo terminan de enfardar es protegido con una red de juncos y en la parte superior le colocan una falsa cabeza de tela con la cara pintada.”
Los resultados completos del hallazgo de las cuatro momias ubicadas en la huaca Pucllana se anunciarían en el segundo semestre de 2011, posiblemente con una exhibición especial, afirmó la directora del proyecto arqueológico de excavaciones en la huaca, Isabel Flores. Este hallazgo nos lleva a la pregunta: ¿cómo era la Lima pre-hispánica?
LIMA PRE-HISPÁNICA
Los estudios arqueológicos sobre Lima prehispánica son numerosos, desde los aportes de Max Uhle y Julio C. Tello hasta nuestros días. Incluso historiadores renombrados como Raúl Porras Barrenechea –catalogado como “hispanista”- insistieron en proclamar “la raíz india de Lima”. La información es abundante y urge la tarea de sistematizarla. Según la historiadora María Rostworoswski de Diez Canseco (1978), en un documento publicado en http://sisbib.unmsm.edu.pe/exposiciones/fundlima/limaprehisp/tambos2a.htm, la organización política que existía en la Comarca de Lima y zonas aledañas durante tiempos pre-Incas, fue la siguiente:
Al norte existía el Señorío de Huaura, cuyo curaca gobernaba también los valles de Barranca y Chancay; al sur el Señorío de Chuquimanco, que comprendía los valles de Mala, Omas, Chilca y Cañete, el antiguo Huarco; al nor-este el Señorío de los Atavillos, que se extendía desde las sierras de Cajatambo hasta las de Canta, inclusive; al sur-este el Señorío de las siete Guarangas de Huarochirí, que ocupaba las serranías de Cañete hasta Canta. En la Comarca de Lima gobernaban los Señoríos de Ichma y Colli, abarcando el primero el valle de Lurín y la parte baja del de Lima y el segundo la cuenca del río Chillón, desde Quivi hasta el mar.
Hay autores que afirman que en la época existió el Señorío de Cuismanco (Del Busto 1978 b), cuyos dominios comprendían los valles de Chancay, Chillón, Rímac y Lurín. Asimismo el Señorío de Colli estaba gobernado por el Colli Cápac y tenía su sede en una población llamada hoy Pueblo Viejo, situado cerca de la fortaleza de Collique (al norte de Lima en el actual distrito de Comas). El Señorío abarcaba varios pequeños entes políticos y grupos étnicos, como los curacazgos de Quivi, Chuquitanta, Guarauni, Macas y Sapan, pertenecientes estos tres últimos a la etnia de Guancayo. Las poblaciones de los Colli fueron numerosas, destacándose en la parte alta los de: Macas, Zapan, Chacas, Huanchipuquio y Punchauca. En la parte baja del valle el Señorío abarcaba los actuales distritos de Carabayllo, Puente Piedra, Ventanilla, Callao, Comas e Independencia y tenía muchos centros poblados, tales como Carabayllo, Zapallal, Collique (donde se encontraba el centro ceremonial, la fortaleza y la sede del curacazgo), Comas, Pro, Con Con, Chuquitanta y Oquendo.
Según el citado informe, la parte baja del valle del Rímac, perteneciente al Señorío de Ichma, estaba organizada en varios pequeños curacazgos cuyos territorios, según Maria Rostworowski (1978), se ubicaban de acuerdo al sistema de canalizaciones existente, siguiendo el curso del canal o acequia encomendado a su cuidado. Los curacazgos fueron los de: Sulco, Guatca, Lima, Maranca y Callao.
El curacazgo de Sulco se extendía a lo largo de la canalización del Rímac que se inicia cerca de Ate o Vitarte y da lugar al llamado río Surco, comprendiendo casi toda la extensión de los actuales distritos de El Agustino, San Luis, Surco, Surquillo, Miraflores, Barranco y Chorrillos. Las poblaciones más importantes del curacazgo deben haber sido Campoy, Vásquez, La Calera y Marca Wilca o Armatambo.
El curacazgo de Guatca seguía el curso de la acequia que lleva el nombre de río Huatica y que se origina en la toma situada en el estrechamiento del cauce del Rímac que se produce entre las antiguas haciendas Zárate y Vicentello. Sus territorios ocuparon parcialmente los actuales distritos de Lurigancho, El Agustino, Lima, La Victoria, Jesús María, Lince, San Isidro, Surquillo y Miraflores y sus pueblos debieron estar ubicados en las adyacencias de los restos arqueológicos que se encuentran en El Agustino, Balconcillo, Guatca, Limatambo, Mango Marca, Huringancho, Santa Cruz y en los alrededores de la Huaca Juliana o Pucllana.
El curacazgo de Lima extendía sus tierras en torno del cauce de la acequia llamada posteriormente de la Magdalena, la que se originaba en una toma ubicada detrás del actual Palacio de Gobierno. Los límites territoriales del cacicazgo llegaban por el suroeste hasta el mar y es posible que por el noroeste, es decir por la banda derecha del río, abarcaran lo que hoy son los distritos de Lurigancho y el Rímac, así coma la pampa de Amancaes. Por tanto, el Curacazgo tomaba parte de los actuales distritos de Lurigancho, Rímac, San Martín de Porres, Lima, Breña, Pueblo Libre, Magdalena del Mar y San Miguel. Su sede de gobierno era el pueblo de Lima, ubicado en el sitio que hoy ocupa la Plaza de Armas y alrededores, y tenía otros asentamientos junto a la huaca ubicada cerca de la iglesia de Santa Ana, en Chuntay, junto a la iglesia de San Sebastián, en lo que hoy es Pueblo Libre y en las inmediaciones de la Huaca Huantilla.
El curacazgo de Maranca o Maranga era irrigado por dos importantes ramales del río de la Magdalena, el que a la altura del Molino de Montserrat se divide en tres grandes acequias; la primera de ellas, a la que ya nos hemos referido, regaba los dominios del curaca de Lima y los otros dos, que se dirigían al suroeste, los territorios de los Chayavilca, señores de Maranga. El curacazgo tenía tierras en los actuales distritos de Lima, Breña, La Legua, Bellavista, Callao, San Miguel y Pueblo Libre. Es posible que su jurisdicción se haya extendido por la margen derecha del río Rímac, a través del actual distrito de San Martín de Porres. Los pueblos más importantes de los Maranga deben haber estado situados en Mateo Salado, Pando, Maranga, la sede principal, Tres Palos y Huantina Marca. En la banda derecha del Rímac las poblaciones deben haber sido, entre otras, Palao y San Roque.
El curacazgo del Callao ocupaba el litoral de ambas márgenes del río, o sea los distritos actuales de Callao, Bellavista y La Perla. Dada que la ocupación de los pobladores del curacazgo era exclusivamente la pesca, sus principales asentamientos tienen que haber estado necesariamente sobre la costa, conociéndose acerca de dos de ellos. Piti Piti Viejo, ubicado en el actual Chucuito, fue probablemente la sede de gobierno pues en sus inmediaciones había una huaca que debió ser el adoratorio del Centro Religioso del Curacazgo. El otro pueblo se llamó Piti Piti Nuevo y estuvo situado cerca de la desembocadura del río Rímac, siendo sus pobladores pescadores de agua dulce. Es posible, asimismo, que haya existido otra población en el distrito de Bellavista, sobre la avenida Venezuela y a corta distancia del Ovalo Saloom, pues en dicho sitio se encontraba hasta hace unas décadas una importante huaca. La otra parte del Señorío de Ichma está constituida por el valle de Lurín y comarcas aledañas, extendiéndose su jurisdicción hasta territorios altos situados en zonas Chaupiyungas.
La sede del curacazgo y del poder religioso de Ichma fue la ciudad de ese nombre, más tarde llamada Pachacámac, que debió tener una numerosa población asentada en los alrededores del recinto amurallado del Centro Religioso. Otros pueblos de importancia en el valle de Lurín, que a juzgar por los restos arqueológicos debió ser densamente poblado, se situaban en ambas márgenes del río y son conocidos por los nombres de Maracuyá, Pampa de Flores, Jacinto Grande, Mal Paso, Molle, Manchay Alto, Huaycán, Chontay y Avillay.
DESTRUCCIÓN ARQUEOLÓGICA EN LIMA
El antropólogo José Joaquín Narváez Luna es uno de los autores que ha investigado y documentado el “arrasamiento” de zonas arqueológicas en Lima a lo largo del siglo XX., en su estudio titulado “La destrucción del patrimonio arqueológico en el valle del Rímac-Perú”, publicado en http://www.naya.org.ar/congreso/ponencia3-3.htm
“En el valle bajo del río Rímac, donde ahora se encuentra ubicada la ciudad de Lima, capital de la República del Perú, se dio en tiempos prehispánicos una larga y compleja sucesión de ocupaciones humanas que dejaron las evidencias de su presencia en los numerosos sitios arqueológicos que se encuentran ahora dentro del casco urbano de la moderna ciudad. Sin embargo, tan valioso patrimonio arqueológico ha venido siendo destruido desde el arribo mismo de los españoles, durante toda la Colonia y comienzos de la República por obra de las grandes haciendas que se distribuían en el valle. Pero será en el siglo XX cuando ocurrirán los peores destrozos debido a la expansión urbana moderna de la ciudad, especialmente a partir de la década del 40”, afirma
Anota que la apariencia del valle bajo del Rímac en la actualidad es radicalmente distinto a la que tenía hace sólo 50 años. “El crecimiento explosivo poblacional de la ciudad se puede ver en cifras: según el censo de 1940, Lima albergaba a 645,172 habitantes; en 1961 la cifra se triplicó a 1'652,000 habitantes, en 1972 se quintuplicó a 3'302,523, en 1981 el volumen fue siete veces mayor, 4'492,260 (Matos Mar 1988: 72). El censo de 1993 arrojó nada menos que 5'706,127 personas. Esta expansión de Lima desde su núcleo original arrasó a su paso muchos monumentos arqueológicos que se erigían en el valle bajo del Rímac”, explica.
Narváez Luna plantea que fueron cinco formas de destrucción de los monumentos arqueológicos del valle de Lima de los últimos 50 años: destrucción por urbanizadoras (especialmente entre las décadas del 40 y el 60); destrucción por el estado y municipios (al construirse obras de carácter público); por invasiones, y al reconstruirse sitios arqueológicos para habilitarlos al turismo.
En cuanto a la “voracidad” de las urbanizadoras, el caso más representativo es el de Huaca Pucllana (donde se acaban de hallar las tumbas Wari), pirámide de 30 metros de altura ubicada en Miraflores y perteneciente al Intermedio Temprano-Horizonte Medio 1 y a la cultura Lima o Maranga.
“Pucllana sufrió daños desde la Colonia al ser huaqueada y utilizada como atalaya para el avistaje de piratas. En 1854 sirvió de parapeto durante la batalla de La Palma entre Rufino Echenique y Ramón Castilla quienes se disputaban el poder y durante la batalla de Miraflores entre los ejércitos peruano y chileno durante la Guerra del Pacífico en 1883 (Ravines, 1985:74)”, afirma. Sin embargo, escribe Narváez, los mayores destrozos ocurrieron cuando la Compañía Urbanizadora Surquillo lotizó completamente el sitio y lo vendió en parte entre 1930 y 1965 al amparo de resoluciones del Ministerio de Fomento y Obras Públicas (ver fig. 1). Con grandes maquinarias demolieron amplios sectores de la parte baja del monumento, destruyendo plataformas, plazas, recintos, etc. La enérgica intervención del Patronato Nacional de Arqueología pudo detener los destrozos aunque gran parte del sitio había quedado afectado. Abandonada por mucho tiempo, en 1982 por iniciativa de la Municipalidad de Miraflores se inició la recuperación del monumento con extensas excavaciones a cargo de la Dr. Isabel Flores quién aún prosigue los trabajos de investigación en el sitio. Actualmente, Pucllana es buen ejemplo de conservación y puesta en valor de un sitio arqueológico”.
Si bien Pucllana, a pesar de los grandes destrozos, pudo salvarse, otros monumentos arqueológicos no tuvieron mejor suerte. Según un estudio que Narváez efectuó en 1994, “a la fecha sólo se conserva el 27% de los monumentos arqueológicos existentes en 1944 en los distritos de Lima (Industrial), Breña, San Miguel, Pueblo Libre y Magdalena del Mar”. Otro caso ocurrió en 1943, año en que se demolió la pequeña huaca llamada San Isidro, situada entre la Huaca Pan de Azúcar y el Golf de San Isidro, a solicitud de la sucesión Luisa Paz Soldán de Moreyra (Ravines, 1985: 74).
En cuanto a la destrucción por el Estado y municipios, está el caso de la destrucción de la Huaca Concha durante la remodelación del Estadio de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Asimismo Las invasiones y asentamientos humanos modernos en zonas arqueológicas se han dado por ejemplo en Armatambo (cerca al Morro Solar en Chorrillos), Cerro La Regla y Garagay (San Martín de Porres), Pampa de Cueva (Independencia), Canto Chico y El Sauce (San Juan de Lurigancho), Huaquerones (Ate-Vitarte), Villa el Salvador y El Ferroviario (Villa el Salvador), etc.
Este tema lleva a Narváez a una reflexión final: “¿Por qué en un país donde el discurso oficial, desde la fundación de la República enaltece el pasado prehispánico y la riqueza de su Patrimonio Arqueológico, ocurren tan masiva destrucción de dicho Patrimonio? Más aún, ¿Por qué si existe desde la Independencia una serie de leyes que protegen el Patrimonio Arqueológico y normas legales que sancionan a los destructores en la práctica en muy pocas ocasiones se sanciona a tales destructores y en cambio la mayoría de los casos quedan en la más completa impunidad?. Da la impresión de haber por un lado un discurso oficial, que es compartido en mayor o menor grado por los miembros de la nación, y por otro lado un comportamiento radicalmente distinto. Y es que la nación ha hecho un uso oportunista del Patrimonio Arqueológico Nacional. Es muy útil cuando se trata de reforzar en algún momento los sentimientos de nacionalidad, de regionalismo y de identificación y unidad nacional, si así el momento político lo requería. Pero no se titubeó en destruirlo cuando se interponía en las grandes obras públicas y privadas o en las obras de carácter electoral, sea por parte del gobierno central o los gobiernos locales”.
El problema que surge para Narváez es que se están dando nuevas leyes que legitiman la destrucción del patrimonio, por ejemplo los Decretos Supremos Nº 028-97-PCM y el 017-98-PCM, que pretenden regularizar la situación de las poblaciones que ocupan zonas arqueológicas para darles títulos de propiedad; asimismo la ley Nº 26961, "Ley para el Desarrollo de la Actividad Turística" en la cual se entiende a los sitios arqueológicos como "Zonas de Potencial Turístico" y ya no como Patrimonio Cultural considerándosele solamente como un mero producto económico, y el Decreto Supremo Nº 008-98-AG “con la cual se transfieren terrenos eriazos al Sector Privado para desarrollo agrícola, así contengan sitios arqueológicos, frente a los cual el INC sólo tendría quince días para pronunciarse sustentado su posición con planos perimétricos, memorias descriptivas y ubicación de coordenadas UTM, cuando en la mayoría de los casos no existen dicha información para los sitios conocidos y menos aún para los sitios desconocidos, y que evidentemente se encuentran en zonas eriazas”. (NCS)

viernes, 24 de septiembre de 2010

Museo San Francisco de Lima realiza exposición en homenaje a San Francisco Solano

"Retrato de San Francisco Solano post mortem" (1610), óleo de Pedro Reinalte Coelho.


POR LOS 400 AÑOS DE SU FALLECIMIENTO
Museo San Francisco realiza exposición
en homenaje a San Francisco Solano


Bajo el título de “Francisco Solano, Apóstol del Nuevo Mundo”, el Museo del Convento San Francisco y Catacumbas de Lima presenta una exposición histórica artística y misional en homenaje al santo andaluz, de quien este año se conmemoran 400 años de su fallecimiento acaecido en Lima el 14 de julio de 1610.
Como se sabe, San Francisco Solano –sacerdote de la Orden Franciscana- tuvo una participación importante en la evangelización de América en el siglo XVII, especialmente en Argentina, Paraguay y el Perú. Llamado el “Taumaturgo de América” y “Apóstol del Perú”, vivió los ideales de la caridad y la pobreza franciscanas.
La exposición, enmarcada dentro el Año Jubilar de San Francisco Solano, presenta una visión integral del sacerdote y misionero a partir de la cronología de su vida, los milagros que se le atribuyen y su labor evangelizadora en las comunidades nativas que lo llevaron a aprender idiomas como el “Tonokoté” (hablado por los indígenas en Santiago del Estero) el guaraní y el quechua.
Entre los objetos que se exhiben figuran el “Retrato de San Francisco Solano post mortem” (óleo realizado por el artista Pedro Reinalte Coelho en 1610), la cruz misional utilizada por el santo, un fragmento de la manga de su hábito franciscano, así como la bula de canonización emitida por el papa Benedicto XIII en 1726.
Además se aprecian un relieve policromado en madera tallada con la figura del santo (siglo XVIII), el detalle de casulla con su imagen bordada (1730), la cruz de madera que utilizaba para realizar la Vía Sacra, así como libros publicados desde el siglo XVII sobre su vida. Uno de los ejemplares es libro: “Crónica de la religiosa Provincia Franciscana de los 12 Apóstoles” publicado en Lima en 1695 por el franciscano Fray Diego de Córdova y Salinas, considerado su primer biógrafo.
En la muestra también se hace referencia a la famosa tradición escrita por Ricardo Palma: “El alacrán de Fray Gómez”, personaje que en la vida real fue enfermero de San Francisco Solano en Lima hasta los últimos momentos de su vida, de quien el tradicionista cuenta varios prodigios como por ejemplo sacar dos pejerreyes frescos de la manga de su hábito para convidárselos a San Francisco Solano, a petición del santo.
El director del Museo Catacumbas, Fray Ernesto Chambi Cruz, señaló que la muestra se puede visitar gratuitamente todos los días de 9:30 am. a 5:30 pm. hasta el próximo 31 de diciembre. Destacó que la exposición ha sido posible gracias al apoyo del ministro provincial de la Provincia de los XII Apóstoles del Perú, Fr. Emilio Carpio Ponce; el director del Archivo San Francisco de Lima, Fr. Abel Pacheco Sánchez, y la curaduría de Carlos Sobrino Zimmerman y Cayetano Villavicencio Wenner.
Cabe señalar que durante el mes de setiembre las reliquias de San Francisco Solano (un fragmento del cráneo y un retazo del hábito) realizaron una visita itinerante en ocho ciudades peruanas donde predicó: Piura, Huancayo, Cusco, Puno, Juliaca, Arequipa, Mollendo y Tacna. En Trujillo, donde el santo vivió una larga temporada, también se le ha rendido homenajes. Asimismo está en preparación un libro sobre su vida y la realización del II Congreso Histórico Franciscano sobre la vida de San Francisco Solano. (ncs / prensa franciscana del perú)

viernes, 3 de septiembre de 2010

LAS CRONOLOGÍAS DEL FORMATIVO

50 años de investigaciones japonesas en perspectiva

Hace más de 50 años, en 1958, llego al Perú la Primera Expedición Científica de la Universidad de Tokio a los Andes, conformada por un grupo investigadores japoneses integrado por arqueólogos, etnólogos, antropólogos, geógrafos, historiadores y otros especialistas.
Esta expedición dio inicio a más de medio siglo de estudios y cooperación científica japonesa en el conocimiento de la cultura y la historia del Perú. Estos estudios se han enfocado básicamente en la comprensión del Periodo Formativo, que comprende los 2000 años previos a nuestra era que van desde la aparición de los agricultores andinos al surgimiento de grandes centros
ceremoniales vinculados con la cultura Chavín.
En el prólogo de Las cronologías del Formativo. 50 años de investigaciones japonesas en perspectiva (Fondo Editorial de la PUCP, 2010), el profesor Yoshio Onuki, integrante de la expedición original, relata los pormenores de la expedición y el doctor Peter Kaulicke nos entrega, capítulo a capítulo, una revisión del estado de las investigaciones sobre el Formativo.
Su análisis comprende una revisión de lo trabajado por los diferentes especialistas que se han ocupado del periodo, sus propuestas teóricas y las evidencias materiales obtenidas en sus trabajos de campo. Estos esfuerzos estuvieron consagrados a demostrar que, además de las evidencias colosales como Chavín de Huántar o Caral, hay cosas quizás más importantes, como los primeras señales de existencia de domesticación de plantas y de sedentarización.
Con esta publicación la PUCP se suma a la celebración de estos cincuenta años de labor peruanista de los estudiosos japoneses, que no solo ha permitido importantes estudios sino un fructífero intercambio entre la PUCP y la academia japonesa.
De esta manera se encuentran contemplados en el volumen diversos repasos, análisis y estudios sobre la cronología del Formativo, investigaciones realizadas en diversos territorios de asentamiento, siendo quizás los más importantes Kotosh, Chavín y Cerro Blanco. Asimismo, se ponen de manifiesto los aportes de destacados especialistas en las pesquisas y expediciones que
los profesionales japoneses ejecutaron en sus diversos procesos de investigación.
El libro "Las cronologías del formativo. 50 años de investigaciones en perspectiva" (Lima, Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú) será presentado oficialmente el lunes 6 de setiembre a las 7.30 p.m. en el auditorio del Centro Cultural El Olivar (Calle La República 455, El Olivar de San Isidro) y contará con los comentarios de Enrique González Carré, Yoshio Onuki y Rafael Vega-Centeno.

( http://blog.pucp.edu.pe/fondoeditorial)