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lunes, 2 de junio de 2014

Con Mario Broncano en La Victoria



Por Nivardo Córdova Salinas
(Este artículo fue publicado en la revista Entrenabasquet N° 130, Trujillo, mayo de 2014, por gentileza de su director Pacho Vásquez Pita)

Hace poco me encontré cara a cara, corazón a corazón, en el ring de la vida, con el ex boxeador, pero todavía peleador, luchador y pechador, Mario Broncano Gómez. Ocurrió durante  una tarde nublada en la cuadra doce del jirón Huascarán, en el distrito limeño de La Victoria, a orillas de la tempestad. Guardo este recuerdo como un tesoro, pero también como un reclamo al cielo.
Ahí estaba el gran Mario, sentado sobre la vereda. Considerado en su momento como “un boxeador de dotes espectaculares", la crítica especializada ya avizoraba en él al futuro campeón mundial, al sucesor de Mauro Mina. A sus 18 años, tenía al mundo en sus manos.
Conoció los sinsabores de la vida desde niño. Y como muchos otros niños que sienten en la piel el vidrio filoso de la calle, ante la desidia de la sociedad y la falta de oportunidades para estudiar, empezó a realizar pequeños hurtos. Sin ánimos de volverlo un mito o de aplaudir su estilo, su vida es una novela. Internado cuando era adolescente en el Centro Juvenil de Diagnóstico y Rehabilitación de Lima (ex Maranguita), en Pueblo Libre, Broncano empezó a demostrar sus dotes pugilísticas a temprana edad.
Como relata el periodista Ernesto Chávez en “Crónica viva”: "A los 18 años de edad, Mario Broncano había ganado 264 peleas, era el único boxeador peruano segundo en el ranking latinoamericano y todos abrigaban la esperanza de que siguiera la senda del legendario Mauro Mina y llegase a campeón mundial. No solo era un pugilista que parecía tener el mundo en sus manos, sino el aparente símbolo de los adolescentes del Albergue de Menores de Maranga, de los que luchaban por demostrar a las autoridades insensibles,  que eran capaces de rehabilitarse ante la sociedad que los marginaba como parias. Tras los triunfos pasajeros, la fama y una aureola de invencible gladiador en el ring, la procesión iba por dentro. No fue el padre que lo abandonó ni las juntas, como se quejaría en su caída al precipicio de la delincuencia.”
Broncano llegó a ser campeón sudamericano y logró varios títulos deportivos. Pero la procesión –no la del Señor de los Milagros- sino la de la terrible enfermedad de la adicción iba por dentro, matizada con su vida delictiva. Lurigancho y Castro Castro fueron los penales donde estuvo internado.
Pero no somos nadie para juzgar a nadie. Quizás en otro país, en otro contexto, el buen Mario hubiera sido un campeón de limpia trayectoria, un hombre ejemplar y de bien. Pero ¿qué
digo?, si, como dicen los Evangelios, “no hay ningún justo: nadie”.Quienes no han tenido la desgracia de pisar una cárcel, suelen jactarse de tener una “vida digna”. Se oye con frecuencia: “Yo no he robado, no he matado a nadie, no consumo drogas, soy un buen padre, a mis hijos no les falta nada. No soy ningún delincuente, no soy pecador, No necesito pedir perdón a Dios…”. Lo he escuchado con mis propios oídos.
En el encuentro en La Victoria,  y a bordo del ómnibus que surca el centro de Lima por la avenida Manco Cápac y luego vira hacia el famoso mercado de Matute, diviso a Mario Broncano desde la ventanilla. “¡Baja en la esquina!”, me apresuro a gritar y ya estoy con el pie derecho en la pista brava.
Por un instante dudo y pienso. “Esta puede ser la entrevista periodística que me reivindique con mis lectores y colegas”–pienso– pero desecho automáticamente la idea, porque no hay más salvación que en Dios, me digo a mí mismo (¿lo pienso para reivindicarme con el altísimo?). Pero hay algo en su aureola que me obliga a acercarme con mucho respeto.
– Don Mario, buenas tardes, disculpe usted este atrevimiento de acercarme de manera tan abrupta.
El hombre está concentrado, enrollando un cigarro. Me mira de reojo, desconfiado.
¡Habla, causita! ¿Qué haces por aquí? –pregunta.
– Lo vi a usted desde el micro y he bajado para saludarlo,  porque tengo un gran respeto por usted.
– ¡No me florees mucho!, –expresa, como si estuviera conectándome un gancho al hígado.
– No es floro, “papá”.  Es verdad lo que te acabo de decir–lo tuteo, como achorándome un poquito.
Broncano me parece un niño. Su mirada es triste. Tiene el ojo izquierdo lesionado, producto de un garrotazo cobarde que le dio un frutero, según leí hace tiempo en un diario. Parece que llora “para sus adentros”. Termina de enrollar su pavesa. Enciende y da una calada profunda.
– ¿Maestro, todo bien? ¿Se siente bien? –digo, por decir algo, porque el hombre parece que quiere estar solo. Y yo siento que lo estoy cansando. Y quisiera contarle un pedazo de mi vida, contarle todo, decirle que yo también estoy sufriendo demasiado.
– Todo bien chochera. Parece que eres buen pata. Pero no camines solo por aquí, porque te pueden “poner al toque” (asaltar). Mejor anda, no más. Todo tranquilo.
– Es un honor conocerlo. Siempre quise entrevistarlo. Y ahora que lo vi, bajé rápido a saludarlo, para decirle que a pesar de todo lo que digan de usted yo creo que sigue siendo un ejemplo de lucha, pese a todo. Quizás, como muchos, los problemas de la vida nos ahogan, no nos dejan respirar y a veces “nos tiramos al abandono”, al precipicio, hasta el "fondo más hondo".
– Yo no soy ejemplo de nada.–me dice.
El día se nubla más. Nos quedamos en silencio. Pero tengo una pregunta en el tintero.
– Siempre quise aprender a pelar  –le comento en voz baja– para defenderme; pero nunca pude aprender y por eso en el colegio siempre me corría de las broncas. Maestro, dígame: ¿qué se necesita para boxear? –pregunto antes de despedirme.
– ¡Solo hay que tener huevos! 
Ese derechazo me destroza el alma y caigo knock out a la lona. Suena el campanazo final. Me despido y sigo mi camino.
Broncano me sonríe como un niño que acaba de cometer una travesura.



domingo, 1 de junio de 2014

Hugo Daniel “Eiji” Otani: “Me siento más peruano que el cebiche”

Por: Nivardo Córdova Salinas / Fotos: Nikolai L. Kaufmann

Hugo Daniel "Eiji" Otani Kawanishi, desplegando todas sus
técnicas en el wok para un contundente lomo saltado.

Hace más de un siglo arribaron al Perú los primeros inmigrantes japoneses en el barco Sakura Maru, en busca de trabajo y con el ideal luchar por sus sueños. De esta convivencia humana, la cultura “nikkei” es una de las muestras de la variedad cultural de nuestra patria.

De las muchas historias de trabajo, alegrías y tristezas, se pueden extraer ejemplos de vida y perseverancia. Este es el caso del personaje que hoy inspira este reportaje: Hugo Daniel Otani Kawanishi, cuyo nombre en japonés es “Eiji”. Él nació en la Maternidad de Lima en 1961, pero se siente totalmente peruano.Sus padres fueron Takami Otani y Sumako Otani, quienes son parte de la historia de la inmigración japonesa en el Perú.

Su historia es toda una peripecia vital. Ya en 1929 sus abuelos habían afincado en Huaral. “Mi padre me contaba que tuvo que dejar sus estudios a los 9 años para comenzar a trabajar, en condiciones adversas.

Eiji Otani junto a su esposa Diana Hirano y
su equipo de trabajo en el Eylly´s chicken´s grill.
“La herencia más grande que mi padre nos dio fue el trabajo, la honradez, la perseverancia y la humildad”, recuerda. Pero a pesar de su sangre japonesa, afirma que el señor Takami Otani “era recontra criollo, muy ingenioso, pero también algo lisuriento, siempre muy querido por sus amigos que lo visitaban en su restaurante El rincón de Taka Taka, en El Callao,  pues era un destacado cocinero que está considerado como uno de los precursores de la fusión peruano-japonesa o “cocina nikkei”.

“Mi papá cocinaba desde siempre. En la cuadra tres de jirón Quilca tenía un restaurante llamado Todomar, donde se innovó mucho con la sazón oriental y criolla. Uno de sus grandes inventos es un plato que se conoce como ´Frutos del mar´, porque lleva todo: chicharrón de pescado, mariscos, langostinos, cebiche, todo sazonado con sillao y mensí, además de aportar con toques e ingredientes como el frijol chino. Posteriormente se mudó a La Perla, Callao, donde abrió el famoso Rincón de Taka Taka”, comenta.

Un detalle pintoresco que recuerda de su padre es su habilidad mental para los cálculos matemáticos, lo cual aplicaba para sacar las cuentas sin necesidad de lápiz y papel. Nunca se equivocaba en los números, y los comensales siempre aplaudían, pero sobre todo su sazón especial. Junto con el inmigrante japonés Minori Kunigami, fundador del mítico restaurante La Buena Muerte del Jr. Paruro, en Barrios Altos, y el famoso chef Humberto Sato, del Costanera 700, el señor Takami Otani –padre de nuestro personaje- es también uno de los maestros de la fusión peruano-japonesa, hoy tan en boga en la gastronomía peruana.

Fue en El Callao donde Hugo Daniel empezó a incursionar en la gastronomía desde joven, ayudando a su padre en los quehaceres  de la cocina y también la administración del negocio. En una época también fue vendedor de equipos de sonido de alta fidelidad, labor en la que le iba muy bien, hasta que decidió incursionar en la cocina.

“Fue muy curioso porque yo era el mejor vendedor, y ganaba buenas comisiones, al punto de que ganaba más que los demás. Eso fue motivo para que me despidieran y me quedé literalmente en la calle. Pero mi padre me animó a trabajar con él, cosa que lo hice con mucho gusto. Empecé a trabajar lavando platos, porque mi padre decía que tenía que aprender desde abajo. En unos meses ya conocía todos los secretos del negocio. El Rincón de Taka Taka era un lugar muy frecuentado por el público, que degustaba la buena comida. Uno de nuestros más ilustres clientes fue el futbolista “Lolo” Fernández, pero no el único”, afirma.

Con su esposa Diana y sus hijos Mayra y
Sergio Otani Hirano, siempre unidos.
Posteriormente Otani se fue a vivir al Japón. Era una época donde todos queríamos ir allá a trabajar. Estuve 16 años, fue una experiencia enriquecedora, pero allí reafirmé mi peruanidad porque yo soy peruano y me siento más peruano que el cebiche. Es curioso, porque a pesar de tener ancestros japoneses, allá nos discriminaban un poco. No obstante, en Japón aprendí a querer más al Perú”, cuenta.

Allá vivió muchas peripecias, y hasta trabajó como presentador de noticias en el programa Japón Uno Noticias, un noticiero televisivo por Internet que se dedicaba a relatar las informaciones más importantes para la comunidad latina. Además, como buen católico, se siente orgulloso de haber participado en la realización de la primera procesión del Señor de los Milagros en la ciudad de Hamamatsu Shi, cuya imagen se conserva en la iglesia de San Francisco de Asís de esa ciudad oriental, que tiene una réplica exacta del anda de la venerada imagen del Cristo Moreno.

Ahora, apoyado por su esposa Diana Hirano y sus hijos Sergio y Mayra (de vuelta a Lima desde el año 2009) conduce el restaurante Eylly´s chicken´s grill, nombre está inspirado en “Eiji” que es su apelativo familiar en japonés, y además  nombra la especialidad de la casa: las brasas, salteados y parrillas. Ubicado en la Plaza Butters de Barranco, el establecimiento tiene un prestigio bien ganado con dos de sus platos más contundentes: los peruanísimos lomo saltado y  pollo a la brasa, ambos con un sabor que en el paladar te lleva directo y sin escalas a la fusión peruano-japonesa. El toque muy especial en la sazón lo brindan también el ahumado y la buena presentación del platillo. "El secreto de nuestro sabor no se lo damos a nadie", comenta.

“Tengo el privilegio de tener un equipo de trabajo excelente, que es la base de este restaurante. Contamos con un público exigente que siempre viene a comer aquí, incluso llegan desde Rímac o El Callao. Mi sueño es abrir nuevos puntos de venta en Lima”, señala Otani, que asegura que trabajar y trabajar con honradez es el secreto del éxito.
“Apuesto por el futuro del Perú. Si los peruanos nos unimos y todos trabajamos con honradez y disciplina, llegaríamos a ser una potencia mundial. Tenemos que amar a nuestra patria, y además no olvidemos luchar contra la corrupción y la delincuencia, para lograr la paz que tanto necesitamos”, dice.

Eiji y Sergio Otani, en uno de sus pasatiempos
favoritos: el karaoke.
La pregunta inevitable de la entrevista es, por supuesto, el llamado “boom” o auge actual de la gastronomía peruana. “Se nota que la cocina Nikkei ha influenciado bastante en la tendencia de la llamada cocina fusión, pero recomiendo a los jóvenes chefs que procuren no combinar por combinar los ingredientes, porque a veces resulta demasiado forzado o artificial. Por ejemplo, a mí el maki acebichado no me gusta. Los cocineros tradicionales no estamos de acuerdo con a fusión desmedida”, opina.

Sin embargo, Otani gusta mucho de la comida criolla peruana, en especial el “cabrito combinado”, y mientras lo dice hace un gesto de mirar al cielo, casi extasiado. Es que él, a pesar de sus ancestros japoneses es peruano. “Me siento más peruano que el cebiche”, concluye nuevamente.